Ya hemos hablado de revisar las historias de "La Isla" y a partir de allí recordar los cariñosos vínculos que los chiquillos del Barrio Copiapó cultivamos con la Familia Meneses Araya. Mis recuerdos datan de esos años en que durante la marea alta se cruzaba por un puente colgante para alcanzar la casona y los espacios abiertos entre roqueríos que se convertían en isla cuando todo lo demás se cubría de mar. Era la "casa del guarda faro" que se ve en la siguiente fotografìa:
Mi padre y madre eran amigos de la familia Meneses y les visitaban de vez en cuando. Recuerdo que era muy entretenido ser parte de esas visitas, pues en "la Isla", además del mar y sus incontables y misteriosos organismos de la orilla, habían animales de campo, como gallínas y patos, hasta caprinos o chivatos, lo que quizás explica el origen de mi sobrenombre de esos años (Chivo) y que algún día describiré con más detalles.
Mis mejores recuerdos de niño en relación al mar, fueron incontables ocasiones en que la Señora Berta - mamá de los Meneses - nos invitaba a la playa, justamente al "Maury" como le llamaba ella. Era la década de los 50s y ya el hotel Maury no existía, solo algunos cimientos a modo de pilotes de concreto con gruesos maderos o rieles de hierro emergiendo de sus cúspides. En contraposición, había emergido un nuevo hotel, el "Hotel Antofagasta", el mismo que vemos hoy. Allí, se formaba una enorme poza de roquerios suaves, aguas calmas y poca profundidad, lo que generaba el ambiente propicio para hacer navegar nuestras pequeñas embarcaciones de madera e imaginarnos innumerables puertos y cargas que transportábamos de una roca a la otra. El José (miembro de la gran familia Meneses) llevaba siempre un hermoso lanchón de madera gruesa, tallado en un añoso trozo de viga, pero finamente moldeado y pulido, el que generaba la envidia de quienes teníamos solo unas tablas para cargar apenas unas pocas conchas y guijarros. Todo transcurría con mucha imaginación y con suaves desplazamientos empujando cada uno su embarcación entre los caletones y pequeñas correntadas del cambio de mareas, hasta que la Señora Berta nos llamaba a tomar onces, Ella solía llevar una canasta de mimbre y de su interior surgían ricos sandwiches y un tazón de té para cada uno. Allí, compartiendo sobre una manta extendida sobre la conchuela, se experimentaba el calor de familia con que ella impregnaba el pequeño espacio de playa. Ya no estaba el Hotel... había legado su nombre a la playa. Tampoco estaba "La Isla"... la casona estaba vacía; ya no estaba el puente colgante. El atardecer con el sol en el horizonte era la señal para recoger las pequeñas naves, la canasta de mimbre estaba dispuesta, con todo arriba de un carrito de madera, el grupo de cabros chicos con la Señora Berta iniciábamos la caminata hacia el Barrio Copiapó.
Encontré este material fotográfico y más allá de compartir las imágenes, no pude aguantar la tentación de recordar y sentir el cariño que uno le tiene a estas orillas del mar que albergan tantas vivencias como los días de playa con la Señora Berta, mamá de los Meneses del Barrio Copiapó.


No hay comentarios:
Publicar un comentario